Abba, Padre: el Padre que nunca falla

Abba, Padre: el Padre que nunca falla

Junio — Mes del Día del Padre-Celestial

Este mes el mundo celebra a los padres. Hay quienes lo festejan con gratitud, quienes lo viven con nostalgia, y quienes lo atraviesan con una herida silenciosa porque el padre que tuvieron —o el que nunca tuvieron— dejó una marca difícil de borrar.

Para todos ellos, y para todos nosotros, hay una verdad que lo cambia todo: existe un Padre que nunca falla.

El error que más nos cuesta

Cuando pensamos en Dios como Padre, casi inevitablemente proyectamos la imagen del padre que tuvimos. Si fue ausente, Dios nos parece lejano. Si fue duro, Dios nos parece difícil de complacer. Si nunca conocimos a nuestro padre, entender el amor paternal de Dios puede sentirse ajeno o distante.

Pero Dios Padre no puede medirse con la vara de ningún padre terrenal. Ninguno —ni el mejor del mundo— se le acerca. Y la invitación de este mes es justamente esa: dejar de buscar en Dios los atributos de nuestro padre terrenal, y empezar a descubrir los atributos únicos de un Padre que jamás vamos a encontrar en ningún otro lugar.

Un Padre que siempre está, que deja las 99 y va por ti

Hay algo que ningún padre terrenal puede garantizarte: estar siempre, eternamente. Sin condiciones ni en el estado en que llegues. Sin importar cuántas veces hayas fallado, cuánto tiempo hayas estado lejos, o qué tan sucio, perdido o desobediente llegues.

Sólo hay uno con esa capacidad: tu Padre Celestial. Su amor es tan perfecto que no calcula si mereces ser recibido. No revisa tu historial antes de abrir la puerta. No espera que te limpies antes de abrazarte.

La Biblia nos muestra ese corazón con dos imágenes que no dejan espacio a la duda:

Un pastor tiene cien ovejas. Pierde una. Y en vez de resignarse con las noventa y nueve que tiene, la deja a todas y va a buscar esa sola. No manda a alguien — va él. Y cuando la encuentra, no la regaña ni la arrastra de regreso. La carga en sus hombros. Vuelve a casa y hace fiesta. «Les digo que así también hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepiente.» (Lucas 15:7)

O en el caso de un hijo que le dice a su padre en esencia «ya te quiero más muerto que vivo», toma su herencia, la despilfarra toda y termina en el peor lugar de su vida. Cuando decide volver, no vuelve sintiéndose hijo — vuelve avergonzado, con un discurso preparado para pedir trabajo como esclavo. Pero el padre lo ve llegar desde lejos. Estaba mirando el camino. Y sin esperar que llegara, sin esperar que se explicara, «lleno de amor y de compasión, corrió hacia su hijo, lo abrazó y lo besó.» (Lucas 15:20)

No le importó que venía sucio. No le importó lo que había hecho. Corrió.

Ese padre que corre, ese pastor que deja las 99 — ese es tu Padre Celestial. No importa qué tan lejos estés hoy, qué tan perdido te sientas o con cuánta vergüenza llegues. Él ya salió a buscarte. Y tiene los brazos abiertos.

Ese es el Padre Celestial. No te espera con dureza en su rostro. Te está buscando. Ya ha tocado tu puerta. Y cuando te ve venir —aunque vengas cargando todo lo que te alejó de Él— corre a tu encuentro.

El milagro más accesible del universo

La puerta de entrada a esta relación no tiene requisitos de rendimiento. No necesitas tener la vida en orden, años de religiosidad, ni un historial impecable. Solo necesitas recibirlo.

«A todos los que lo recibieron, a los que creyeron en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.» (Juan 1:12)

Dios te conoce completo —tus pensamientos más oscuros, tus fracasos más vergonzosos, las cosas que no le has contado a nadie— y aun así viene a vivir contigo. Aun así te da su nombre. Aun así te adopta. Solo tienes que abrirle la puerta.

«Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré.» (Apocalipsis 3:20)

Un amor que no entiende de méritos

Dios ama a toda la humanidad — tanto que entregó a su único Hijo por todos nosotros, aun siendo pecadores. (Juan 3:16) Ese amor no espera a que decidas vivir tu transformación o sanes tus heridas, no espera que lo merezcas, porque entre otras cosas, no lo vamos a merecer jamás. Te ama a pesar de ti. Y ese mismo amor eterno te espera con los brazos abiertos el día que decides recibirlo, el día que abrazas esa identidad de hijo: «Con amor eterno te he amado.» (Jeremías 31:3)

Puedes haberlo ignorado por años. Puedes haber fallado mil veces. Puedes haber prometido y no cumplido, haberte alejado y vuelto y alejado de nuevo. Y aun así, no existe la vez número mil en la que el Padre diga «ya fue suficiente.» Su amor no se agota. No se cansa. No se rinde contigo.

Dejar de pensar como esclavo

Los patrones con los que creciste — el amor que había que ganarse, la desconfianza, el nunca es suficiente — se meten tan adentro que sin darte cuenta empiezas a relacionarte con Dios de la misma manera. Sirves para que no se enoje. Obedeces para no ser castigado. Das para que no te quite lo que tienes. Eso no es vivir como hijo — eso es vivir como esclavo.

Y la diferencia no es pequeña. El esclavo vive mirando por encima del hombro, esperando el castigo. El hijo vive desde la seguridad de saber que el Padre ya lo ama, ya lo eligió, ya lo tiene adentro de la casa. No tiene nada que demostrar. No tiene nada que ganarse.

En la Palabra lo podemos encontrar como la renovación de la mente: «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente.» (Romanos 12:2) Solo tiene que aprender a vivir como lo que ya es.

No fuiste un accidente

Antes de que existiera el pecado, antes de que nada saliera mal, Dios hizo algo extraordinario contigo:

«Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó. Y los bendijo.» (Génesis 1:27-28)

No eres una casualidad. Eres la única criatura en toda la creación hecha a imagen y semejanza de Dios. Y desde el principio, antes de cualquier falla o logro, ya tenías propósito: fructificar, multiplicar, gobernar, dar fruto. Eso no fue una tarea que Dios te impuso — fue una identidad que te regaló.

Llevas el ADN del Creador. Y ese Padre que te diseñó así es el mismo que corre cuando te ve venir desde lejos.

Tu rol como hijo: servir desde el amor

¿Qué espera Dios de ti como hijo? No es la perfección, Él espera por tu corazón. Y cuando ese amor del Padre te toca de verdad, algo cambia: empiezas a servir como Él sirvió, a amar como Él amó.

En un mundo donde das para recibir, el Padre invierte el orden: primero te ama, luego te transforma. ‘Nosotros amamos porque él nos amó primero.’ (1 Juan 4:19) Y desde ese amor recibido, desde esa seguridad de hijo amado, servir ya no se siente como obligación — se siente como respuesta.

Abba, Padre. Dos palabras que contienen todo lo que un ser humano necesita.

Este mes, mientras el mundo celebra a los padres, te invitamos a celebrar al Padre que nunca falla. Al que corre. Al que busca. Al que celebra cuando te encuentra. Al que te hizo a su imagen desde el principio y tiene planes para tu vida que van mucho más allá de lo que puedes imaginar.

No te pierdas nuestros servicios este mes — cada semana vamos a profundizar en esta revelación que lo cambia todo. Y si este blog te habló, compártelo: quizás hay alguien cerca tuyo que necesita conocer a este Padre.

Nos vemos en el banquete del Padre.

1 comentario en “Abba, Padre: el Padre que nunca falla”

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